6/9/23

MADUROS PARA LA ETERNIDAD

 



 



Los ancianos desmayan su mirada

en las piedras tejidas de granito.

El Acueducto casi eterno calla

porque también camina lentamente.

 

La tarde es evidencia y se desliza

hacia la noche en sumisión al tiempo.

Se resignan a morir dulcemente, a haber vivido

y dejan de latir en los colores.  

 

Los ancianos enjutos se hacen llama

que, furtiva, se pierde en las estrellas:

quieren salvar la luz y la respiran

con su boca entreabierta y la retienen

con la caricia de sus manos lentas

sobre el dócil bastón, su lazarillo.

 

Ante vosotros, hombres en el límite

del calor maternal que ya se cansa,

yo me pregunto, ancianos ¿qué pensáis?

¿qué salváis del poema de las rosas?

¿qué, del beso encendido hacia lo eterno?

¿qué, del gozo paterno flagelado?

 

No estáis solos, ancianos, sois el zumo

de un niño comprimido que blanquea

la juventud perdura a vuestro rostro

y pregona horizontes de esperanza;

sois un pozo de sangre ya tan pura

que sólo Dios escribe con su tinta.

 

Habéis crecido todo y se presagia

la eternidad en vuestro sueño claro.

Alejad el horror de perder tierra

y quedar en suspenso: tenéis alas

de poema logrado que se imprime

en el libro de Dios para lo eterno.

 

Alzad los ojos que os reclama el aire

en idilio de alondras encendidas.

Yo me siento más joven cuando envidio

vuestro color de espigas ya maduras:

inicio con vosotros la esperanza

de reposar en el amor sin carne.