Los ancianos desmayan su mirada
en las piedras tejidas de granito.
El Acueducto casi eterno calla
porque también camina lentamente.
La tarde es evidencia y se desliza
hacia la noche en sumisión al tiempo.
Se resignan a morir dulcemente, a haber vivido
y dejan de latir en los colores.
Los ancianos enjutos se hacen llama
que, furtiva, se pierde en las estrellas:
quieren salvar la luz y la respiran
con su boca entreabierta y la retienen
con la caricia de sus manos lentas
sobre el dócil bastón, su lazarillo.
Ante vosotros, hombres en el límite
del calor maternal que ya se cansa,
yo me pregunto, ancianos ¿qué pensáis?
¿qué salváis del poema de las rosas?
¿qué, del beso encendido hacia lo eterno?
¿qué, del gozo paterno flagelado?
No estáis solos, ancianos, sois el zumo
de un niño comprimido que blanquea
la juventud perdura a vuestro rostro
y pregona horizontes de esperanza;
sois un pozo de sangre ya tan pura
que sólo Dios escribe con su tinta.
Habéis crecido todo y se presagia
la eternidad en vuestro sueño claro.
Alejad el horror de perder tierra
y quedar en suspenso: tenéis alas
de poema logrado que se imprime
en el libro de Dios para lo eterno.
Alzad los ojos que os reclama el aire
en idilio de alondras encendidas.
Yo me siento más joven cuando envidio
vuestro color de espigas ya maduras:
inicio con vosotros la esperanza
de reposar en el amor sin carne.