Tal vez me acunas como a niño tierno
con manos vegetales y maternas.
Hoy tu canción estaba en la sonrisa
de una fuente pequeña y coronada
de humilde perifollo.
La misma fuente donde refrescaste
mi adolescencia sin fronteras grises.
Tú me hablas, Señor, yo lo confieso.
Confieso que me hablas cuando sufro.
Confieso que me hablas cuando canto.
Confieso que me hablas cuando rezo.
Confieso que me hablas cuando sueño.
Confieso que al pecar, me estás hablando
con ojos tristes como niño enfermo:
y dejo de pecar para curarte
y sonríes de nuevo.
Tu palabra es tan pura que confieso
haberla roto, a veces, sin saberlo.
Aquella fuente sola en la montaña
sin insectos, sin algas y sin cieno,
de cuya realidad dudé un momento
hasta beber en ella mi silencio.
Es tu palabra limpia y coronada
de humilde perifollo siempre nuevo.
Habla, Señor, no escondas tu palabra
a este niño que escucha casi ardiendo.
