los techos sin estrellas de moradas altivas,
alejas de tu frente las coronas nocivas
del inconstante vulgo que te quiere cercar.
Penetras los lugares ocultos del desierto,
en cavernas te escondes de la lumbre profana
y tus ojos abiertos a la eterna mañana
descubren la infinita sombra de Dios despierto.
La soledad te canta, te descorre su velo,
se asocia con la paz de tu silencio leve
y razas y floreces en plegarias de nieve
tu corazón de hombre hecho fruto del cielo.
Por abruptos senderos asciendes a la cumbre
para alcanzar la altura de virtudes divinas.
Con milagros sencillos roturas e iluminas,
siembras amor, enciendes en los hogares lumbre.
Himno de gloria a Ti, Señor, Fruto divino
de la Virgen fecunda que te anidó en su seno.
Como a San Frutos haznos fruto maduro y pleno
que alimente a los hombres y oriente su camino.
Amén.
(Rafael Matesanz, himno de I vísperas de san Frutos)