ENLOQUÉCEME, SEÑOR
que roba el corazón
calladamente.
¡Dios con sayal de pan! ¡Dios
confidente
hasta quemar mi sangre, si te
toco!
Con palabra de barro Te
convoco
y vienes a mis manos
mansamente.
Un galope de sangre penitente
me sumerge en el gozo, poco a
poco.
Estás en mí, Señor. Y no
quisiera
inaugurar la eterna primavera
de disfrutar tu cálida
ternura.
Dile a tu Madre, Virgen de
rodillas
que me preste su asombro y
las sencillas
maneras de quererte con
locura.