19/10/20

POEMAS SOBRE EL HOMBRE

 EL NIÑO MÍSTICO O EL REINO DEL CORAZÓN

 (La santidad consiste en ensayar el cielo en la tierra)

 

Buscaba el niño ferviente

para crecer en amor

el secreto que llenara

su sencillo corazón.

 

Se encontró con un asceta

de severa y firme voz

que con palabras austeras

la senda le señaló.

 

En sus hombros llevaría

las alforjas del vigor.

Nada de perderse en sueños

de vanidosa ilusión.

Su oficio consistiría

en atar el corazón

para que no se perdiera

en el mundo seductor.

Nunca miraría las flores

para libar su color.

Había de morir en vida

para morirse mejor.

 

El niño que sólo quiere

convertir la tierra en flor

siente en el fondo del alma

dolorosa desazón.

Es bueno y tiene en los ojos

tanta nieve y tanto sol,

que sólo puede ofrecer

su sencillo corazón.

 

Piensa él, que entre las cosas

también habita el Señor

y, al recolectar su vuelo

también volará mejor.

Y tiene la suerte el niño,

este niño soñador,

de ser una mariposa,

toda hermosura y color.

 

¿De dónde vienes? -le dice.

“Vengo del hogar de Dios:

Con sus besos me ha pintado,

y en su brisa me eleva”

Si quieres llegar a El

déjate amar como yo.

Es muy fácil. Sólo tienes

que volar de flor en flor

y en cada vuelo decirle:

“Gracias, Te quiero Señor”.

Y notarás que tus alas

se vuelven llamas al sol

y por dentro se hace joven

tu sencillo corazón”.

 

El niño sabio pensaba:

“¿Quién ascenderá mejor:

la mariposa o el duro

asceta del gran rigor?

Se quedó mirando al cielo

y del cielo descendió

una nube luminosa

que aclaró su confusión.

“Mírame que nada peso,

soy pura evaporación,

vengo del mar y del aire,

y siento besos del sol”.

 

Abrazó la nube al niño

y en el niño se quedó

purificando su sangre

con latidos de Amor.

Al cielo miraré siempre,

se dijo con decisión.

Seré nube suspendida

en el azul del amor.

 

Azulada, mi esperanza,

azulada mi canción,

mis ojos azul celeste

color azul mi candor.

Hasta la noche azulea

con estrellas mi candor.

Hasta la noche azulea

con estrellas mi dolor,

porque tras su negra sombra,

siempre brilla claro sol.

 

Dios es Amor y no quiere

defraudar al corazón

del niño que vive y canta

soñando sueños de amor.

Tanto crecieron las alas

de este niño volador

que sin dejar de volar

en el cielo se posó.

Era la fe su alimento,

la esperanza, su razón

y el amor sin condiciones

su jubilosa canción.

 

El paisaje le acogía

como a su hermano mayor

y con él fraternizaba

la solemne creación.

Sugería a las montañas

y a los rosales en flor

que, junto a él, entonaran

himnos a su Creador.

Oyó la Palabra viva

de Jesucristo, el Señor.

Y en los ojos de su Madre

confiado se durmió.

 

Cuando el asceta severo

alzó la mirada al sol

como una paloma blanca

al niño sencillo vio:

¿Por qué yo con tantos siglos

de penitente rigor

estoy atado a la tierra

y este niño se voló?

Y la sonrisa del niño

desde el cielo descendió

y le dijo amablemente:

“Porque olvidaste el amor.

 

Sólo amando se conquista

el gozo del corazón

porque sólo amando vemos

la casa del Padre- Dios.

Convierte tus penitencias

en salmos de adoración

y tus adustos modales

en miradas de calor.

Ensaya el cielo en la tierra

con fraterna comunión.

Quema envidias y recelos

con llamas del corazón.

Asómbrate cuando pienses:

Dios existe y es Amor.

Cúrate de los pesares

con gozosa filiación.

 

Así el cielo será tuyo

y el cielo te hará mejor.

Tú mismo serás el cielo

donde habita Dios- Amor”

Y el asceta que era bueno

con el niño se fundió

y los dos juntos llegaron

al reino del corazón.