EL NIÑO MÍSTICO O EL REINO DEL CORAZÓN
para crecer en amor
el secreto que llenara
su sencillo corazón.
Se encontró con un asceta
de severa y firme voz
que con palabras austeras
la senda le señaló.
En sus hombros llevaría
las alforjas del vigor.
Nada de perderse en sueños
de vanidosa ilusión.
Su oficio consistiría
en atar el corazón
para que no se perdiera
en el mundo seductor.
Nunca miraría las flores
para libar su color.
Había de morir en vida
para morirse mejor.
El niño que sólo quiere
convertir la tierra en flor
siente en el fondo del alma
dolorosa desazón.
Es bueno y tiene en los ojos
tanta nieve y tanto sol,
que sólo puede ofrecer
su sencillo corazón.
Piensa él, que entre las cosas
también habita el Señor
y, al recolectar su vuelo
también volará mejor.
Y tiene la suerte el niño,
este niño soñador,
de ser una mariposa,
toda hermosura y color.
¿De dónde vienes? -le dice.
“Vengo del hogar de Dios:
Con sus besos me ha pintado,
y en su brisa me eleva”
Si quieres llegar a El
déjate amar como yo.
Es muy fácil. Sólo tienes
que volar de flor en flor
y en cada vuelo decirle:
“Gracias, Te quiero Señor”.
Y notarás que tus alas
se vuelven llamas al sol
y por dentro se hace joven
tu sencillo corazón”.
El niño sabio pensaba:
“¿Quién ascenderá mejor:
la mariposa o el duro
asceta del gran rigor?
Se quedó mirando al cielo
y del cielo descendió
una nube luminosa
que aclaró su confusión.
“Mírame que nada peso,
soy pura evaporación,
vengo del mar y del aire,
y siento besos del sol”.
Abrazó la nube al niño
y en el niño se quedó
purificando su sangre
con latidos de Amor.
Al cielo miraré siempre,
se dijo con decisión.
Seré nube suspendida
en el azul del amor.
Azulada, mi esperanza,
azulada mi canción,
mis ojos azul celeste
color azul mi candor.
Hasta la noche azulea
con estrellas mi candor.
Hasta la noche azulea
con estrellas mi dolor,
porque tras su negra sombra,
siempre brilla claro sol.
Dios es Amor y no quiere
defraudar al corazón
del niño que vive y canta
soñando sueños de amor.
Tanto crecieron las alas
de este niño volador
que sin dejar de volar
en el cielo se posó.
Era la fe su alimento,
la esperanza, su razón
y el amor sin condiciones
su jubilosa canción.
El paisaje le acogía
como a su hermano mayor
y con él fraternizaba
la solemne creación.
Sugería a las montañas
y a los rosales en flor
que, junto a él, entonaran
himnos a su Creador.
Oyó la Palabra viva
de Jesucristo, el Señor.
Y en los ojos de su Madre
confiado se durmió.
Cuando el asceta severo
alzó la mirada al sol
como una paloma blanca
al niño sencillo vio:
¿Por qué yo con tantos siglos
de penitente rigor
estoy atado a la tierra
y este niño se voló?
Y la sonrisa del niño
desde el cielo descendió
y le dijo amablemente:
“Porque olvidaste el amor.
Sólo amando se conquista
el gozo del corazón
porque sólo amando vemos
la casa del Padre- Dios.
Convierte tus penitencias
en salmos de adoración
y tus adustos modales
en miradas de calor.
Ensaya el cielo en la tierra
con fraterna comunión.
Quema envidias y recelos
con llamas del corazón.
Asómbrate cuando pienses:
Dios existe y es Amor.
Cúrate de los pesares
con gozosa filiación.
Así el cielo será tuyo
y el cielo te hará mejor.
Tú mismo serás el cielo
donde habita Dios- Amor”
Y el asceta que era bueno
con el niño se fundió
y los dos juntos llegaron
al reino del corazón.