19/12/20

ATEÍSMO

 AUTOCÁRCEL


 El hombre

en el misterio de su libre albedrío,

tan imperfecto que puede edificar su propia cárcel.

Y puede reducirse

a soledad de anhelo insatisfecho

en mar inmenso.

Colisión de la luz contra el cemento

de corazón opaco y frialdad.

 

Los caminos de Dios no son, a veces,

nuestros caminos de mimados niños

que ciframos la dicha en el juguete

matemáticamente fiel a nuestra imagen

raquítica en amor.

 

Porque el problema de la llaga duda,

del cáncer rebeldía

o de cadáver de la indiferencia,

está precisamente, en esos hilos

que urdimos -arañas de metal-

y que nos velan

la esperanzada luz de sus caminos.

 

          Hombre auto-cárcel

hombre que no sabe

multiplicar las luces que le existen

por el parto en dolor que le haga llama,

por la lima de Dios a las aristas

del mimo a corto plazo que le hiere.

Pero la llaga honda no es, tan sólo,

la miope visión, es su tozuda

decisión de ser isla

y de vivir en contracomunión

con otras agonías y otros llantos,

de ir techando su cielo, tierra a tierra,

para cobijo oscuro de su angustia

con derecho a llamarse triste huérfano,

mientras la luz paterna en el tejado

se quiebra sobre el frío de las tejas.

 

          Dios no crea el infierno: se fabrica,

sangre a sangre, llagada de egoísmo.

Auto-cárcel eterna. Hombre que arde

en libre decisión de ser ceniza.

 

(“Huid, si no queréis que llegue un día…

en que al cielo en histérica agonía

frenéticos alcéis entrambos brazos

para en vuestra impotencia maldecirle

y escupiros, tal vez, al escupirle” Espronceda)

 

Rafael Matesanz, Esta luz, Segovia 1969, 20 s.