AUTOCÁRCEL
en el misterio de su libre albedrío,
tan imperfecto que puede edificar su propia cárcel.
Y puede reducirse
a soledad de anhelo insatisfecho
en mar inmenso.
Colisión de la luz contra el cemento
de corazón opaco y frialdad.
Los caminos de Dios no son, a veces,
nuestros caminos de mimados niños
que ciframos la dicha en el juguete
matemáticamente fiel a nuestra imagen
raquítica en amor.
Porque el problema de la llaga duda,
del cáncer rebeldía
o de cadáver de la indiferencia,
está precisamente, en esos hilos
que urdimos -arañas de metal-
y que nos velan
la esperanzada luz de sus caminos.
Hombre auto-cárcel
hombre que no sabe
multiplicar las luces que le existen
por el parto en dolor que le haga llama,
por la lima de Dios a las aristas
del mimo a corto plazo que le hiere.
Pero la llaga honda no es, tan sólo,
la miope visión, es su tozuda
decisión de ser isla
y de vivir en contracomunión
con otras agonías y otros llantos,
de ir techando su cielo, tierra a tierra,
para cobijo oscuro de su angustia
con derecho a llamarse triste huérfano,
mientras la luz paterna en el tejado
se quiebra sobre el frío de las tejas.
Dios no crea el infierno: se fabrica,
sangre a sangre, llagada de egoísmo.
Auto-cárcel eterna. Hombre que arde
en libre decisión de ser ceniza.
(“Huid, si no queréis que llegue un día…
en que al cielo en histérica agonía
frenéticos alcéis entrambos brazos
para en vuestra impotencia maldecirle
y escupiros, tal vez, al escupirle” Espronceda)
Rafael Matesanz, Esta luz, Segovia 1969, 20 s.
