alumbraba recintos interiores.
Estaban a la escucha tus sentidos.
Tu corazón ardía en el anhelo.
Jesús era tu vida. Conocías
su cálida mirada, los matices
de su voz esparciendo primaveras.
En tu cariño puro acontecían
águilas altas de visión aguda.
El amor dibujaba los senderos
para llegar a encuentros inefables.
La Palabra era Vida y era Luz.
Tú lo notabas, como nota el niño
el calor de la madre que lo envuelve.
La Palabra te abría sus secretos
para hacerte gustar sabiduría.
Volabas por encima de la mente:
teólogo sin límites de barro.
Juan, predilecto, lámpara en las manos
de Jesús, el Maestro que te inunda.
Te pedimos fundirnos con Jesús
para llegar a ver con ojos nuevos,
para oir sus latidos sosegantes,
para notar el tacto de sus manos.
Que Jesús nos penetre e intuyamos
su querer, sus palabras, sus silencios…
Que Jesús nos ocupe enteramente
para decir con su luz enamorada:
“Es el Señor”. Quemaos en su cariño”.