Gracias, Señor. estoy envejeciendo.
Quiero decir que me resta menos espacio para llegar
a la cumbre del
encuentro Contigo.
He recogido con amor el
néctar de la vida como don tuyo.
En mí están todos los
seres inocentes
que me han escupido las
ansias de Ti, de verte “cara a cara”.
¿Qué puedo temer?
¿La transfiguración que
me purifique?
¿La salida de esta
cárcel de mi carne pesada?
¿El dolor de ausencia de
los hermanos que quedan en la tierra?
Sí; pero estaremos más
hogareñamente unidos
en las verdades
ardientes de la fe.
Voy envejeciendo: o sea,
llegando
a la juventud eterna
Contigo.
Nada me turba, porque Tú
eres mi término próximo.
Nada pierdo, porque en
Ti lo hallaré todo consumado.
Envejeciendo, Señor.
Esto es: Asciéndeme a Ti: acércame, levántame,
fúndeme con tu
intimidad.
Y mientras dure, aunque
sea breve, este ascenso,
cuida esta lumbre de fe,
esperanza y amor
que me ilumina y
calienta.
Gracias, Dios mío, por
envejecerme,
por irme haciendo
posesión tuya del todo y para siempre.
