“…porque mi yugo es suave y mi carne ligera” (Mt 11,30)
ni tu suave palabra hiriente brisa.
Es tu misma blancura, tan precisa
que me hace blanco de saeta amarga.
Hierve el odio en el mundo. Hay una larga
noche del corazón, con fiera prisa
por apagar la flor de mi sonrisa.
De aquí el temblor oscuro que me embarga.
Porque soy unos gramos de desvelo
zarandeados por el viento frío
que conduce mi llama con su hielo.
Vierte mis aguas a tu inmenso río.
Mora feliz en mi pequeño cielo.
Tu carga no es pesada si eres mío.
