“…y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí…” (Mt 18,6)
I
Y se mancha la luz de tus amigoslos niños. Interrogan con los ojos
si el aire de la vida tiene rojos
de sangre los suspiros; si los trigos
de la bondad son reyes o mendigos;
si nacen con derecho los abrojos;
si un excesivo salto dejó cojos
a los ciervos de amor; si no hay testigos
de la mano de Dios entre las rosas.
Los ojos de los niños nos inquieren
la razón de barrer luna y estrellas.
Despistados, heridos por las cosas
adultas de los hombres, se nos mueren
ciegos de polvo frío como ellas.
De los ojos del niño te dolías
como de flor nacida entre la nieve,
como de gota de agua que se llueve
en estiércol inmundo. Tú sabías
de mucho asesinato de alegrías
sólo porque lucieran esa leve
sonrisa de inocencia que se atreve
a reflejar a Dios. Tú ya sentías
el hedor derramado en sus aromas,
el adúltero robo de palomas,
la noche cultivada en su conciencia.
Por eso pronunciaste dolorido:
“Cuanto mejor sería no haber nacido
antes que herir sus ojos de inocencia”.