4/2/21

POEMAS A SANTOS

ROMANCE DE SANTA AGUEDA 

 

Una joven siciliana,

siendo Decio Emperador,

inmola su vida a Cristo

como rosa de candor. 

 

Muy nobles eran sus padres,

más noble su corazón.

Los lamentos no pudieron

con el fuego de su amor.

 

Los halagos de Quinciano,

entonces gobernador,

quieren robar a la joven

su virginal decisión.

 

 

Pero Agueda ya es Esposa

de Jesucristo, el Señor.

Su vida entera florece

como purísima flor. 

 

Una impúdica mujer

intenta su perdición

con ofertas lujuriosas

y con pagana ilusión.

 

Tiene por nombre Afrodisia

y por funesta misión

pervertir a las doncellas

que defienden su pudor. 

 

Santa Agueda resiste

con fervoroso tesón. 

“Sólo Tú, Señor Jesús,

posees mi corazón.

 

Dame tu fuerza infinita.

He de cambiar la prisión

en luz que alumbre a los siglos

con Sangre de tu Pasión.

 

Dame palabras sencillas.

Dame firmeza de amor.

Dame esperanza de cielo

que supere mi dolor.” 

 

El gobernador Tinziano,

cegado por la pasión,

amenaza con tormentos

que dobleguen su valor. 

Y con bárbaros suplicios

desgarra su cuerpo flor.

Corta el pecho a la doncella

con diabólico furor. 

 

“Has de saber –dice ella-

que tus dioses sólo son

efigies de bronce y mármol

sin vida y sin corazón.

 

Puedes lacerar mi pecho

con refinado furor;

más no rasgarás el velo

de mi gozo adorador.

 

Sólo Jesús es mi Vida.

Sólo Jesús, mi Señor.

Cuando fallezca mi cuerpo

Él me espera Triunfador”. 

 

El colérico tirano

la devuelve a la prisión.

Lleno de llagas su cuerpo,

amapola del dolor.

 

Pero un anciano aparece

vestido de resplandor.

Es el Apóstol San Pedro,

milagroso curador.

 

Sin tocar el casto cuerpo

las llagas se vuelven flor.

Otra vez Agueda estrena

su hermosura y su fulgor.

 

Con júbilo agradecido

improvisa una oración:

“Gracias, Esposo querido.

Me cura Tú corazón.

 

Soy feliz porque me quieres

 y aceptas la inmolación

de mi cuerpo sólo tuyo

asociado a tu dolor.”

 

“¿Quién se ha atrevido a curarte?

 dice el tirano furor-.

 Pero Agueda le contesta

con alegre decisión:

 

“No ha sido médico humano:

ha sido el Hijo de Dios.

Sólo Jesús cura y salva.

Sólo Jesús es Señor”.

 

“¿Te atreves a pronunciar

ese nombre destructor?

Veremos si te protege

 del tormento matador.”

 

Y tendida sobre ascuas

Agueda ofrece al Señor

el incienso de su cuerpo

 y el aroma de su amor.

 

“Gracias, Jesús. Ya soy tuya.

He salvado mi candor.

En tus manos encomiendo

mi alma y mi corazón.

 

Llévame ya a las mansiones

del eterno resplandor,

donde por siempre Te nombre

Jesucristo, mi Señor.”

 

Los cristianos acudieron

al cruel gobernador

solicitando el tesoro

de aquel cuerpo triunfador. 

 

Al ponerlo en el sepulcro

un Ángel apareció

testificando la gloria

de esta Esposa del Señor.

 

Desde Sicilia se esparce

encendida devoción

a esta mártir elocuente

testigo fiel de amor.

 

Hoy queridas aguederas,

sigue encendido el fulgor,

de la Santa siciliana

que a Cristo testificó.

 

Su mensaje nos alienta

a defender con ardor

los valores femeninos

en un mundo destructor. 

 

Niñas jóvenes, esposas

tallad vuestro corazón

para recrear el mundo

con un mensaje de amor.

 

Nuestra dignidad radica

en dar sentido al dolor;

en poner en los detalles

alegres versos de flor;

en dar vida como madres

en oculta inmolación;

en purificar el aire

con aromas de pudor;

en hacer de la familia

hogar de tierno calor;

en ir sembrando en la tierra

mensaje de salvación. 

 

Águedas somos de Cristo,

perlas hermosas de Dios.

Que nuestra fe de cristianos

barra el odio y el rencor. 

 

Y que al final de esta vida

pueda decir el Señor:

“Hijas mías aguederas,

 habéis salvado el amor.”