ROMANCE DE SANTA AGUEDA
siendo Decio Emperador,
inmola su vida a Cristo
como rosa de candor.
Muy nobles eran sus padres,
más noble su corazón.
Los lamentos no pudieron
con el fuego de su amor.
Los halagos de Quinciano,
entonces gobernador,
quieren robar a la joven
su virginal decisión.
Pero Agueda ya es Esposa
de Jesucristo, el Señor.
Su vida entera florece
como purísima flor.
Una impúdica mujer
intenta su perdición
con ofertas lujuriosas
y con pagana ilusión.
Tiene por nombre Afrodisia
y por funesta misión
pervertir a las doncellas
que defienden su pudor.
Santa Agueda resiste
con fervoroso tesón.
“Sólo Tú, Señor Jesús,
posees mi corazón.
Dame tu fuerza infinita.
He de cambiar la prisión
en luz que alumbre a los siglos
con Sangre de tu Pasión.
Dame palabras sencillas.
Dame firmeza de amor.
Dame esperanza de cielo
que supere mi dolor.”
El gobernador Tinziano,
cegado por la pasión,
amenaza con tormentos
que dobleguen su valor.
Y con bárbaros suplicios
desgarra su cuerpo flor.
Corta el pecho a la doncella
con diabólico furor.
“Has de saber –dice ella-
que tus dioses sólo son
efigies de bronce y mármol
sin vida y sin corazón.
Puedes lacerar mi pecho
con refinado furor;
más no rasgarás el velo
de mi gozo adorador.
Sólo Jesús es mi Vida.
Sólo Jesús, mi Señor.
Cuando fallezca mi cuerpo
Él me espera Triunfador”.
El colérico tirano
la devuelve a la prisión.
Lleno de llagas su cuerpo,
amapola del dolor.
Pero un anciano aparece
vestido de resplandor.
Es el Apóstol San Pedro,
milagroso curador.
Sin tocar el casto cuerpo
las llagas se vuelven flor.
Otra vez Agueda estrena
su hermosura y su fulgor.
Con júbilo agradecido
improvisa una oración:
“Gracias, Esposo querido.
Me cura Tú corazón.
Soy feliz porque me quieres
y aceptas la inmolación
de mi cuerpo sólo tuyo
asociado a tu dolor.”
“¿Quién se ha atrevido a curarte?
dice el tirano furor-.
Pero Agueda le contesta
con alegre decisión:
“No ha sido médico humano:
ha sido el Hijo de Dios.
Sólo Jesús cura y salva.
Sólo Jesús es Señor”.
“¿Te atreves a pronunciar
ese nombre destructor?
Veremos si te protege
del tormento matador.”
Y tendida sobre ascuas
Agueda ofrece al Señor
el incienso de su cuerpo
y el aroma de su amor.
“Gracias, Jesús. Ya soy tuya.
He salvado mi candor.
En tus manos encomiendo
mi alma y mi corazón.
Llévame ya a las mansiones
del eterno resplandor,
donde por siempre Te nombre
Jesucristo, mi Señor.”
Los cristianos acudieron
al cruel gobernador
solicitando el tesoro
de aquel cuerpo triunfador.
Al ponerlo en el sepulcro
un Ángel apareció
testificando la gloria
de esta Esposa del Señor.
Desde Sicilia se esparce
encendida devoción
a esta mártir elocuente
testigo fiel de amor.
Hoy queridas aguederas,
sigue encendido el fulgor,
de la Santa siciliana
que a Cristo testificó.
Su mensaje nos alienta
a defender con ardor
los valores femeninos
en un mundo destructor.
Niñas jóvenes, esposas
tallad vuestro corazón
para recrear el mundo
con un mensaje de amor.
Nuestra dignidad radica
en dar sentido al dolor;
en poner en los detalles
alegres versos de flor;
en dar vida como madres
en oculta inmolación;
en purificar el aire
con aromas de pudor;
en hacer de la familia
hogar de tierno calor;
en ir sembrando en la tierra
mensaje de salvación.
Águedas somos de Cristo,
perlas hermosas de Dios.
Que nuestra fe de cristianos
barra el odio y el rencor.
Y que al final de esta vida
pueda decir el Señor:
“Hijas mías aguederas,
habéis salvado el
amor.”
