DESPUÉS DEL PECADO
“Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores” (Gen 3,7)
quebrada en vertical su primavera.
Sólo quedan las hojas de la higuera
para vendar su corazón herido.
Son sus manos erguidas en gemido
que taladra la luz por vez primera.
Y a la mejilla de su compañera
una lágrima cruda le ha nacido.
El hombre en el misterio de la ausencia
contempla la mujer, cuya presencia
carga su espalda el peso de los hijos.
Sólo es cierta la noche, porque el día
clava en sudor y sangre de agonía
a sus ojos sin Dios pétreos y fijos.
