IDOLATRÍA
para tanto pecado hecho costumbre.
Te derramaste luz desde la cumbre
y te quebraste piedra y sol sangrante.
Moisés, flagelado y flagelante,
quiso vengar tu hollada mansedumbre.
Sus ojos de caudillo, fiera lumbre,
taladraron la noche en un instante.
Pero la noche del becerro de oro
se ocultaba segura en el trascoro
del hombre mismo, de su egolatría.
Otras “tablas”, Señor, necesitaron
y a medias, solamente, desterraron
la ciega fuerza de la rebeldía.
