Tu Corazón sostiene mi pobreza.
Me sujeta el cordón de tu cariño.
Voy subiendo por él, con él ciño
como quien siempre llega y siempre empieza.
Por alcanzarte, venzo la pereza.
Escalo el monte de tu blanco armiño.
Tan hombre soy, que sólo soy un niño
que, jugando Contigo, canta y reza.
Así vivo, Señor. Así disfruto,
mi poder confidente y diminuto,
asido a tu cariño providente.
No me dejes vivir de otra manera
que me basta salvar la primavera
de amarte más y más perpetuamente.
(Ayllón 8 - Agosto - 1997)
