La Palabra, el Hijo de Dios,
para entrar en la historia, para habitar en nuestro espacio de tierra,
se nutre de tu corazón, de la doble dimensión de tu corazón:
de tu corazón de carne y de tu corazón de fe.
En tus entrañas y de tus entrañas
empezó a existir humanada la Palabra de Dios.
Cada latido tuyo nutría su crecimiento
mientras tu corazón de fe besaba el riego de tu sangre.
Esta fue tu misión, tu perpetuo empleo:
nutrir la Palabra en el calor de tu maternidad virginal.
Y todo muy sencillamente como cualquier madre,
pero sin hacer jamás huelga de cansancio, de tristeza o de aburrimiento
por serlo, por estar sujeta a tu donación materna.
Tú nutrías a tu Hijo y Te nutrías;
dabas crecimiento a tu Hijo y crecías Tú.
Y sigues nutriendo y dando crecimiento a la Palabra
Contigo misma, con tu corazón creyente sin fisuras.
Gracias, Madre de Dios: escritora con tu sangre de su cariño.