“Dijo a los apóstoles: Seré entregado a los gentiles y
escarnecido, insultado y escupido. Me azotarán, me matarán y resucitaré al
tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto” (Lc. 18,31)
Nos habita el dolor como los cardos
habitan pertinaces entre flores.
Dolemos al nacer y con dolores
morimos, corderillos o leopardos.
Espinos grises en caminos pardos
esperan nuestra huella seductores
para clavarnos todos los temblores
en su melancolía y de sus dardos.
Ni siquiera la erguida arquitectura
de su ceniza sabia da estatura
al desnudo del Hombre en soledad.
El dolor nos acecha crudo y serio,
nos atrapa en la red de su misterio
y hasta existir es llaga de oquedad.
