Dios alumbrando tu vivir por dentro.
Dios en el gozo de tu certidumbre.
Dios atizando tu palabra-lumbre.
Dios madurando tu filial encuentro.
En tu “Obra de Dios”, Dios en el centro.
En tu altura de Dios, Dios en la cumbre.
En tu sangre de cruz, la reciedumbre
de Dios crucificándote por dentro.
Dios poseyó tus días y tus horas,
tus noches, tus tinieblas, tus auroras,
tu corazón donado enteramente.
Y tanto te fundiste en su mirada,
que te hiciste en la Iglesia llamarada
para alumbrar a Dios sencillamente.
