Gracias, Jesús, tu cálida Presencia
se aloja en mí como mi sangre misma.
El encuentro feliz que deseaba
hace plenos mis días y mis horas.
Soy hallazgo de Ti, como las aves
son hermosura en libertad de alas.
Si te miro, me veo en tu mirada;
si me pierdo, sosiegas mis temblores.
¿Será el amor la llama que encendiste
en la herida sin Ti de mi vacío?
Desde que tu me habitas, todo tiene
dimensiones novísimas de vida.
Se han disipado todas mis preguntas
porque Tú las respondes en silencio.
Los lirios me recuerdan el vestido
que el Padre les regala complacido.
Los niños se aventuran a poblarme
con ángeles de nieve inmaculada.
El dolor, desde Ti, Crucificado,
me desprende y me alza en crecimiento.
No me cercan mis límites de tierra
desde que vas conmigo, Dios de Carne.
¿Será el amor, milagro permanente,
viviéndome, nutriéndome, creciéndome?
¿El amor que me das desde tus ojos
desde tu voz, desde tu gesto manso?
¿El amor que me enciende para darte
cuanto soy, cuanto tengo y cuanto espero?
Cuando Te conocí, perdí mi vida
para encontrarla en Ti multiplicada.
Me alzaste de vivir mediocremente:
Me robaste de mi terca miseria,
incógnita arrogante de minutos,
y me diste los nuevos horizontes
del “cielo nuevo y de la tierra nueva”.
Gracias, Jesús, amor de mis entrañas,
que me buscaste y Te perdiste en mí.
Contigo siento filiación divina,
Contigo doy fraternidades cósmicas.
Eres mi Centro, mi Raíz nutriente,
mi vuelo en la Cruz, la Cruz de mi locura
y mi Resurrección de cada instante.
Nunca me prives de tu dulce encuentro
para que sea mi corazón eterno.