Gracias, Señor, mi felicidad está concluida.
Tras los ansiosos galopes de mi alma
ha tenido lugar el hallazgo de Ti.
Tú me satisfaces.
Tú me consolidas.
Tú primavereas la tierra humilde de mi ser.
Me seduces, Niño en el pesebre de Belén.
Me enterneces, desvalido,
en los brazos de María, ternura materna.
La penumbra oculta de tu trabajo en Nazaret
nazarenea mis días anónimos.
Pecador, me alzas;
enfermo, me curas;
apóstol lánguido, me entusiasmas;
débil sufridor, me das temple desde la Cruz.
Asediado por el tiempo y por el espacio,
me resucitas a la Vida intemporal.
Gracias, Señor. Mi hallazgo de Ti
me sostiene permanentemente
en el sentido de vivir,
en el oficio de sembrar horizontes de esperanza;
creado por el Amor
y destinado a la consumación en el amor.
Gracias, Señor, Jesús de Nazaret.
plenitud del Ser Originante por ser Dios,
y lenguaje cálido y humano por ser hombre.
Quédate siempre a mi lado:
Te he conocido y no puedo vivir
desposeído de Ti.
Necesito tu mirada,
tu palabra,
tu gesto,
tu silencio,
ese beso incesante de tu Presencia
traspasándome
como sangre o como Vida
que jamás se marchita.
¡Gracias, Señor!
