Viene de Ti, cantando por la historia
el río de la luz y de la vida.
Viene de Ti, trayendo la esperanza
que traza los caminos del encuentro.
Viene de Ti, fluyendo la sonrisa
que nutre ruiseñores de alegría.
Viene de Ti, como de fuente viva
naciendo en las entrañas de la Peña.
Viene de Ti, Magnificat perenne
en el alma gozosa de Brihuega…
¡Oh Virgen de la Peña!, certidumbre
de cariño de madre silenciosa:
dadora de consuelos maternales
a los hijos que buscan tu Mirada:
manojos de hermosuras verdecidas
donde el cielo y la tierra se conjugan.
Brihuega con tu Nombre se corona
mientras corona tu cariño puro.
Los siglos se arrodillan a tus plantas
y florecen tus andas con sus niños,
con sus frentes brillantes de sudores,
con sus manos callosas sembradoras,
con sus gozos y penas enlazados
que bordan el tejido de su fe.
Brihuega sabe que tu imagen bella
-entre románica sonrisa de ternura-
es la puerta del gozo permanente
la morena verdad de lo sencillo.
Se reclina Tu Hijo confiado
en tu regazo maternal que ofrece
hogares con calor de intimidades.
Eres Peña de Dios. Eres asiento
donde reposa la Sabiduría.
Predicas teología berroqueña
con sólo ser sencillamente Madre.
Madre donante de perpetua vida;
Madre tejiendo fértil esperanza;
Madre besando las entrañas tristes
cuando el dolor clausura los senderos;
Madre salvando vegetales himnos
en el paisaje de Brihuega hermoso…
Madre. No más ni menos. Siempre Madre
presente en nuestras Bodas de Caná:
las Bodas de vivir y ser estrofas
en el poema de la creación.
Con tu presencia, Virgen de la Peña,
nunca faltan los vinos teologales,
nunca faltan las vendas curativas,
nunca faltan alivios nutridotes
cuando -niños llorando- Te invocamos.
Señora de la Peña, nuestra Virgen,
nuestra forma de amar al Ser Inmenso
que se nos da con dimensión materna,
nuestro gozo de ser fieles creyentes
con robustez de piedra enamorada.
Señora de la Peña, sabedora
de la eterna familia Trinitaria,
alumbra con tu estilo nazareno
nuestras familias hoy tan asediadas,
cultiva en nuestros niños la inocencia,
enseña a nuestros jóvenes el ritmo
del amor verdadero no rendido
a la oscura lujuria de la carne,
llévanos de tu mano, recia y tierna
por el camino de la paz activa,
por la fraternidad del pan partido,
por la ausencia de bélicos metales.
Sigue salvando lámparas azules
que disipen las noches asaltantes.
Sigue donando hijos de Brihuega,
sembradores de paz y de alegría,
en los campos estériles del mundo.
Sigue siendo la Peña, siempre firme
que resiste las iras de la duda.
Sigue curando corazones rotos
cuando se quiebra la virtud sencilla.
Sigue siendo rosal de la hermosura
que decora el paisaje de Brihuega.
Que nunca nos devoren pesadumbres
que olviden tu presencia cuidadora.
Que siempre nos alumbre y resucite
el beso maternal de tu Mirada.
Gracias, Madre, Señora de la Peña,
la Peña del Amor que nunca muere.
