Te glorifico, Dios. Construyo torres
en el paisaje de mi sangre verde.
Recolecto plegarias en las flores
y poemas de luz en las estrellas.
Te glorifico, Dios; me regocijo
por compartir fraternidades cósmicas;
por dar palabra al río y al cangrejo
poblando con amores mis entrañas.
Te glorifico, Dios: profeso el gozo
de ser rebelde contra el frío mundo
que relega tu Nombre a la blasfemia.
Yo sé que Tú nos miras y nos amas
con detalles de Padre Providente.
Yo sé que Tú recoges los gemidos
del niño y del cordero. Sé que lloras
cuando la arcilla nos devora el sueño.
Yo sé que llenas el vacío del hombre
con misterios de Luz Resucitada.
Yo sé que pintas las moradas tardes
con promesa de alba y de rosas.
Yo sé que vives y que depositas
en mí la Vida que jamás perece,
de las flores humildes. El tomillo,
hospedero de liebres, compartía
conmigo sus aromas sosegantes.
Nací de tu sonrisa, como fuente
nutrida por la sierra y por las nubes.
La raza de celosos trashumantes
con recientes corderos en las manos.
En mi sangre pastora, mis alforjas
están llenas de soles y de lluvias
vertidas en mi sangre como besos.
Los amplios horizontes dilataron
mis sueños juveniles, mi alma.
Creció mi corazón como la yedra
con ansia universal de ser abrazo.
Te glorifico, Dios. Tu transcendencia
se hace presencia en mí, cálida y pura
hasta besar estrellas con los ojos.
Te glorifico, Dios. Suelto palomas
al altísimo aire del asombro
con mensaje de júbilo incesante.
