Te apoyas en la muerte. Niño mío,
reclinado en la fría calavera.
Tu leve corazón tal vez espera
que te cubra con besos el rocío.
Retorno ya, Jesús, de mi extravío
y Te prometo ser tu cabecera
en flor de permanente primavera
regada con las aguas de tu río.
Quiero alzarte conmigo, que tu peso
será para mis brazos dulce beso
que me dé fortaleza en el ascenso.
Tuyo seré, Señor, hasta la muerte,
porque Contigo, Niño de la Suerte,
es fácil alcanzar el gozo inmenso.
