“Condúceme, ¡oh Dios! por sendas de eternidad” (Ps. 139)
Señor, esculpe en mi inteligencia sendas de eternidad.
Que mi pensamiento supere las leyes físicas de la materia.
Que se remonte, con dimensiones metafísicas, a la intuición jubilosa
de tu Verdad solidísima e inefable.
Que advierta, en los seres creados, la cálida señal de tu llamada.
Que sepa leer en las flores, en las estrellas,
en las hierbas humildes y en las rocas verdeoscuras…
Que tu Presencia, no tangible, me envuelva y me penetre.
Pero, Señor, no quiero quedar cautivo en el gélido y solitario palacio
del pensamiento: Purifica también los latidos de mi corazón desde la cátedra
de tu Bondad.
Acércame al reino de lo íntimo.
Enséñame a amar.
Abre en el páramo de mi vida manantiales de afectividad.
Que salga al encuentro de los hombres y de las cosas
con la mirada sonriente, con la palabra afable,
con la acción creativa que se comparte.
Que mi corazón esté habitado por todos los niños del mundo,
por todos los jóvenes del mundo,
por todos los padres del mundo,
por todos los ancianos del mundo
y que sobre espacio en él para todos los hermanos
del reino animal, del reino vegetal.
Dame sentir la fraternidad cósmica.
Amplíame con tu inmensidad
enciéndeme con tu Caridad
actívame con tu Creatividad.
Señor, condúceme por sendas de eternidad.
Que sólo me baste el Amor.
Ese amor que supera la muerte como el reactor supera la débil borrasca.
Señor, dime que ese Amor eres Tú.
Muéstrame tu Rostro para que rompa el limitado horizonte del vivir terreno;
para que pase por la tierra
prendiendo en los seres ansias de Ti;
para que mi vida, trascendente y cercana,
dé a conocer a cada persona las dimensiones eternas
que Tú le imprimiste;
para que abra las únicas sendas liberadoras,
las sendas de eternidad.
