Exento de mi lastre, soy feliz.
Mi felicidad
eres Tú mismo, Señor.
Ni siquiera el camino infinito que me tienes
ni los benéficos influjos que me das.
Sólo tu Verdad Inefable;
tu Trascendencia y tu cercanía
habitándome,
nutriéndome,
envolviéndome…
Sólo tu Verdad
fascinante y deslumbrante.
Sólo tu Palabra Encarnada
mirándome a los ojos,
llamándome por mi nombre,
dando sentido a mi dolor con Tu Dolor,
brindándome regaladamente
tus locuras de cariño.
Mi felicidad eres Tú, Dios mío,
porque Tú eres como eres,
aunque yo no existiera.
Gracias, Amado, por
mi alta felicidad
de ser tuyo
con amor purísimo,
-sólo amarte por Ti mismo-
a pesar de mi pobreza
y de mis sombras.
