Se reclina tu ermita en el paisaje
pardamente nutrido de silencio.
Un abrazo de zarzas inocentes
custodia tu color de niña pobre.
Las alondras que cantan a tu lado
cobijan el poema de tus alas.
Hay tomillos antiguos que no cesan
de revestir la parda pesadumbre.
Hay filones de cuarzo que se hermanan
con granitos austeros y desnudos.
Así latió tu pueblo, Basardilla,
cuando soñó tu nombre, PEDERNAL.
Con tus ojos enciendes la esperanza.
Todo es pobreza en ti, dulce tesoro
de ser libre con alas y con alma.
Vengo a tu lado, Virgen de lo humilde,
porque me siento como Tú, pequeño.
Y, sin embargo, en las entrañas llevo
pedernales de amor, por si los hielos
se cansan de ser hielo y me requieren.
Señora del Amor pobre y sencillo,
a tu lado me quedo disponible
para dar las alondras de tu cielo
a quien sepa mirar a las alturas.
Volveré a transitar por el suplicio
del mundo en alarido permanente;
volveré a hacerme sangre en las batallas
de los días nerviosos y punzantes;
pero estaré a tu lado en el silencio
del cálido recuerdo de tu ermita.
Encenderé mi corazón cansado
pensando en Ti, mi Pedernal materno.
Nos sembraremos juntos en la tierra
con sencillez de hierbas y tomillos.
Y prenderemos en las almas niñas
el Amor y la Paz de Jesucristo.
