Nos diste, Padre, gratuitamente
el pan de tu Hijo.
Todo El nos alimenta:
sus palabras, sus gestos y, sobre todo,
sus “locuras”.
Pongo entre comillas la palabra
“locuras”, porque no encuentro
superlativo apropiado
para describir
la forma consumada de su entrega.
“Esto es mi Cuerpo”, dijo y tenía
delante el pan de nuestros sudores.
“Este es el cáliz de mi sangre” y
tenía delante el vino de nuestros desvelos.
Ya no podía llegar a más.
Conjugó su Omnipotencia y su Bondad que son las tuyas,
para dársenos en alimento asequible.
¿Qué deseáis Tú y tu Hijo?
¿Fundiros con nuestra sangre enferma
para curarnos?
¿Vigorizar los latidos de nuestro
débil corazón tantas veces cansado de amar?
¿Fertilizar nuestras entrañas
con vuestra divina “locura”?
Tal vez todo esto y mucho más;
divinízanos
convirtiendo en llama eterna
nuestra sombra pecadora.
Yo, Padre, Te prometo
alimentarme de Ti, en el Pan de tu Hijo.
Te prometo comerte,
no despreciar tu banquete.
Encender mi sangre con
vuestra Sangre.
Imitar vuestro compartir
hasta dar mi vida
para saciar el hambre de
mis hermanos.
¡Padre! ¡Padre! que todo
nos lo das en tu Hijo,
danos también
el hambre diligente
de amor hasta la locura vuestra
haciéndonos pan de amor.
