Cuéntase que en la falda
de la montaña
una pastora hermosa
pastoreaba.
Sus ojos candorosos
se alimentaban
de horizontes azules
y blanca lana.
Los enebros, los robles
y las acacias
sostenían en alto
sus alboradas.
Creyente era la niña
por eso alzaba
plegarias encendidas
rumor de alas.
El sol en las alturas
le regalaba
sonrisas como besos
de luz dorada.
Pero llegó el invierno
con sus nevadas
y con sus negras noches
tan alargadas.
Una tarde la niebla
se arracimaba
sobre el manto solemne
de la montaña.
Caminaba la niña
buscando casas.
Sus ovejas cansadas
y ella cansada.
Entonces un suspiro
de sangre alada
puso en alto los gritos
de su mirada.
Allá en el cielo oscuro,
inmaculada,
había otra estrella niña
que la llamaba:
“No te asustes, pastora,
que estás salvada.
Soy la Estrella que enciende
todas las albas.
Los bellos horizontes
de tus montañas
verdecerán por siempre
con mi esperanza.
Con piedras de tus campos
haré mi casa.
Seré luz permanente
y Estrella amada.
Tú, pastora sencilla,
te llamas Casla.
Yo soy la Estrella tuya,
tu Madre Santa.
Cuando vengan las noches
de sangre airada
con crudos ateísmos
atormentadas,
tú serás de mis ojos
la niña amada.
Guardaré tus familias
en mis entrañas.
Pasarás de esta tierra
a las moradas
donde luce mi Estrella
eternizada”.
Y la pastora hermosa
llamada Casla
a los pies de la Estrella
se hizo ermitaña.
