Mi madurez consiste en este gozo
de saberme tu niño.
Ser tu niño, Señor, no es refugiarme
en el niño blandengue e inactivo;
es escalar montañas de abandono
sabiendo que me esperas en la cumbre
y me añades tu fuerza si me canso
en el áspero ascenso.
Soy niño tan maduro, que atestiguo,
con orgullo de amor, que ser tu hijo
es dar sentido pleno a la existencia.
Por eso, me laceran los orgullos
de orfandad que Te ignora o Te rechaza.
Me duele la pobreza vanidosa
que se pierde en sí misma y en su llanto.
Yo quería poner en las entrañas
de quienes no Te saben,
esta niñez que alumbra mis sentidos
y galopa en mi sangre confiada.