como un niño en el regazo de su madre.
Aunque me hicieran las incógnitas del futuro;
aunque mis pecados se lancen amenazantes contra mí
como mastines airados;
aunque mi carencia de méritos me reproche
la esterilidad de mis años perdidos;
aunque no haya pronunciado todavía
ni tenga razonable esperanza de pronunciar
la gran palabra-obra de amor presentida por
mis ansias íntimas;
aunque todo sea noche y yo carezca por mí mismo
de una leve cerilla para iluminar esta noche…,
me quedaré sosegado en tus manos: me quedo ya:
cierro los ojos para no ver, sino tu Misericordia.
¡Has tenido conmigo tantas misericordias…!
¡Cómo no voy a esperar la consumación
de estas inefables bondades en mí cuando soy más débil?
Tú amas a los pobres con predilección y yo soy pobre.
Que jamás quede despojado
de esta profunda convicción: saber mi pobreza.
Que contemple e interprete la realidad del mundo y del tiempo
desde esta sapientísima verdad: mi pobreza.
Y que salve mi paz y mi sosiego
sabiendo que Tú has de poner todo y lo pones
regalándome tu mirada de amor que me hace rico
y poseedor de la plenitud, porque Te poseo.
¡Gracias, Señor!