Es Navidad, amigos, sentimos que Dios nace
sencillamente amando como la vez primera.
Desde el pesebre humilde nos mira y se complace
compartiendo la llama de nuestra pobre hoguera.
Dios asume la tierra desterrada del hombre
y con ella construye su tienda de cariño.
Para ocultar el brillo divino de su Nombre
se envuelve desvalido en la carne de un niño.
Viene con el silencio de la Virgen María
y nace en cada establo del alma como entonces.
Si el amor nos habita, enciende su bujía
con albores de nieve y música de bronces.
A veces ignoramos sus nuevas navidades
porque la densa niebla nos ciñe la mirada.
Pero si nos donamos cuidando soledades
encontramos a Dios en carne lacerada.
Nos llama en la palabra de los ojos cansados;
nos urge desde el hambre que quiebra amaneceres;
está sufriendo el tedio de los desempleados
y llora la arrogancia de efímeros poderes.
Dios brilla en el arroyo de cristal que gorjea
y en el roble que viste el bosque milenario.
Dios juega con los niños y en ellos balbucea
su palabra infinita como en su santuario.
Dios está en la sonrisa del amigo sincero
y disfruta el encuentro de palomas perdidas.
Dios recorre la selva que alumbra el misionero
dando pan y palabra para curar heridas.
Por eso, amigos míos, no alberguéis amargura
en los huecos oscuros del triste desconcierto.
Dios nace cada instante rebosando ternura
cuando el hombre le ofrece su corazón abierto.