A veces nos sorprenden los galopes
de nuestra sangre oscura
hacia el desierto.
Inventamos caminos que nos llevan
al vacío de nosotros y del mundo.
Agotamos la sangre de esperanza
para desesperarnos contra el muro.
Pero el miedo al retorno nos flagela
y esclaviza en la cárcel del antojo.
No crecemos, ni andamos;
desandamos la vida estérilmente
hacia el temblor de nubes sin estrellas.
Es nuestra voluntad, Señor, rebelde
a construir la catedral del gozo
sin finezas de tiempo en las columnas.
Te pedimos la luz de tu querer,
la libertad ganada por la senda
que sintoniza Tu querer y el nuestro.
Haznos saber que tu querer nos crece
en dimensiones nuevas y perennes.
Que arranquemos los cardos del antojo
y sembremos Tu trigo de esperanza
en nuestro pobre huerto equivocado.