Tenemos miedo a caminar.
El lodo
acecha nuestros pies para quitarnos
la débil fuerza que nos garantiza
la llegada a tu luz.
Siempre somos los niños que comienzan
su balbuceo de pasos por la vida
para aprender a andar.
Y, si la madre aleja
el calor de su mano de la nuestra,
sólo nos queda el llanto y los temblores.
Pero Tú, Mamá Dios, ya lo sabrás
y nos mandas llorar nuestra impotencia.
Y solícitamente nos previenes
para que no caigamos.