¡Oh, Señor, ¡qué cercano a la pobreza
de nuestra carne!
Cada día es igual: tenemos hambre
de pan
para vivir, para abrazarnos
a la esperanza de alcanzar el vuelo.
Y temblamos si el cielo se enfurece
y sepulta la espiga que nos salva.
Pesamos, Dios, pesamos y ocupamos
un espacio de sangre luminosa.
Nuestra pobreza necesita pan.
Y nos lo quieres dar en la conquista
del trabajo creado y la plegaria.
Y tu amor garantiza la existencia
de “nuestro pan” si es “nuestro”
y no rompemos
la familia del “nuestro” con el “mío”.
Pero el “mío” agresivo y egoísta
mata de hambre a tus hijos más humildes
que no pueden rezar el “Padrenuestro”
porque tienen la sangre demacrada.
Danos el pan de amar cada día,
danos el gozo de partir el pan.
Albérganos en el hogar fraterno
donde tu Pan alumbre la existencia.