Te debemos, Señor,
tanto camino
perdido sin andar;
tantos huertos estériles del alma…
Tanta lluvia besando nuestros surcos…
Tanto sol rechazando nuestra sombra…
Tanto espino talando tus espigas…
Te debemos, Señor, todas las horas
de la niñez sin nieve de inocencia;
Todas las rosas rojas abortadas
en la sangre de nuestra juventud…
Todos los surcos nunca roturados
con el motor de nuestra edad madura.
Y acaso te debamos locamente
el granero vacío de nuestras casas.
Te debemos, Señor, y no tenemos
para pagar tu luz perdonadora
si Tú no alumbras nuestra casa en ruina.
Mas Tú
Señor Padre, Dueño Amigo
nos cambias tu perdón por la moneda
que pueda acuñar
nuestras palabras,
nuestras miradas
nuestras manos nuevas
tendidas en saludo
olvidando rincones tenebrosos
de rencor y venganza soterrada.
Y, si abrimos la puerta de la sangre
y hacemos sitio en el hogar del alma
al hermano deudor,
quedamos libres,
de nuestro exilio en orfandad de Ti.
¡Cuánto nos amas, Dios, que nos perdonas
no sin antes
sacarnos el veneno
de la ortiga- pendencia,
de la avispa rencor,
o de la víbora,
en los casos más graves, de los odios;
¡Cuánto nos amas, Dios, que nos invitas
a gozar de tu casa todos juntos
sin fronteras de sombra en nuestros ojos,
sin saetas de hiel en nuestros labios
y sin guantes de frío en nuestras manos!
¡Cuánto nos amas, Dios, que condicionas
la fiesta eterna del amor Contigo
a nuestra decisión de salvar fiestas
de reconciliación con las hermanos!