30/1/22

PERDONANOS NUESTRAS DEUDAS ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

 

Te debemos, Señor,

tanto camino

perdido sin andar;

tantos huertos estériles del alma…

Tanta lluvia besando nuestros surcos…

Tanto sol rechazando nuestra sombra…

Tanto espino talando tus espigas…

Te debemos, Señor, todas las horas

de la niñez sin nieve de inocencia;

Todas las rosas rojas abortadas

en la sangre de nuestra juventud…

 

Todos los surcos nunca roturados

con el motor de nuestra edad madura.

Y acaso te debamos locamente

el granero vacío de nuestras casas.

 

Te debemos, Señor, y no tenemos

para pagar tu luz perdonadora

si Tú no alumbras nuestra casa en ruina.

 

Mas Tú

Señor Padre, Dueño Amigo  

nos cambias tu perdón por la  moneda

que pueda acuñar

nuestras palabras,

nuestras miradas

nuestras manos nuevas

tendidas en saludo

olvidando rincones tenebrosos

de rencor y venganza soterrada.

 

Y, si abrimos la puerta de la sangre

y hacemos sitio en el hogar del alma

al hermano deudor,

quedamos libres,

de nuestro exilio en orfandad de Ti.

 

¡Cuánto nos amas, Dios, que nos perdonas

no sin antes

sacarnos el veneno

de la ortiga- pendencia,

de la avispa rencor,

o de la víbora,

en los casos más graves, de los odios;

 

¡Cuánto nos amas, Dios, que nos invitas

a gozar de tu casa todos juntos

sin fronteras de sombra en nuestros ojos,

sin saetas de hiel en nuestros labios

y sin guantes de frío en nuestras manos!

 

¡Cuánto nos amas, Dios, que condicionas

la fiesta eterna del amor Contigo

a nuestra decisión de salvar fiestas

de reconciliación con las hermanos!