Tenemos miedo a caminar.
El lodo
acecha nuestros pies para quitarnos
la débil fuerza que nos garantiza
la llegada a tu luz.
Siempre somos los niños que comienzan
su balbuceo de pasos por la vida
para aprender a andar.
Y, si la madre aleja
el calor de su mano de la nuestra,
sólo nos queda el llanto y los temblores.
Pero Tú, Mamá Dios, ya lo sabrás
y nos mandas llorar nuestra impotencia.
Y solícitamente nos previenes
para que no caigamos.
Líbranos de mirar a la serpiente
y dialogar manzanas atrayentes.
Líbranos de sentirnos volanderas
para escapar del nido en solitario.
Líbranos de ser libres falsamente
como ramas que ufanas se desgajan
del tronco vivo que les da la savia.
Líbranos de caer
desde el Maligno
ni de dar culto a la Nada:
donde se adoran ídolos de barro;
donde se ofrece incienso
a la ausencia de alondras mañaneras;
donde no hay esperanza
y la Palabra
es herida en voces desgarradas
que intentan destronar la Poesía.
Padre Nuestro, Papá, que nos durmamos
en el tierno abandono de saberte,
de gustar que eres Padre que nos quieres
que nos acoges siempre y que nos llamas
a construir la gran familia cósmica.