24/1/22

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

 


 
Como a un niño,

cercado por mayores que no saben su idioma,

me dolía el corazón;

necesitaba

balbucear asombros;

excavar en la entraña de los seres

el sentido final de su desvelo.

 

¿Qué estaba haciendo aquí mi pobre arcilla

que horadaba el latido de la tarde?

 

Sabía que los árboles hablaban

el verso de alas;

y las abejas escribían

amarillas palabras de dulzura;

y el arroyo en sonrisas presagiaba

fértiles vegas de esperanza verde.

 

Sabía que los hombres extendían

las manos de mis ojos

mendigando

fraternidad para alejar el miedo

que laceraba pájaros del alma.

 

Pero yo no podía transfundirles

mi sangre con alondras alistadas.

Sólo estaban, sólo estaba yo

sin idioma de luz comunicante.

 

Tú lo sabías,

Tú, que te encarnaste

para sembrar palabras en la sangre

y encender en la sangre

los hogares

de luz común y de calor común.

 

Tú, con una palabra transfundiste

la sangre de los hombres y las cosas.

Tú, en la cátedra cálida de gozo,

revelaste el secreto que hambreaban

los seres y los hombres sin saberlo:

dijiste cuando oréis decid: Abbá,

Padre Nuestro. Papá sencillamente

y comenzó la fiesta de los hijos,

de los hermanos ricos en familia.

 

Bastaba abrir los ojos y extasiarse

diciendo “gracias” por la hermana nieve;

para besar con lluvia los trigales;

bastaba sonreir, verter miradas

con amor generoso en las entrañas

para notar la paz de tu presencia

el sentido de hijos liberados

en comunicación de sangres nuevas.

 

Sabíamos hablar

salvando rosas de fiesta en la mirada

y entendían los niños

sin llagas en la sangre.

Éramos niños todos, nos nutría

tu mirada de Alba desde los cielos.