cercado por mayores que no saben su idioma,
me dolía el corazón;
necesitaba
balbucear asombros;
excavar en la entraña de los seres
el sentido final de su desvelo.
¿Qué estaba haciendo aquí mi pobre arcilla
que horadaba el latido de la tarde?
Sabía que los árboles hablaban
el verso de alas;
y las abejas escribían
amarillas palabras de dulzura;
y el arroyo en sonrisas presagiaba
fértiles vegas de esperanza verde.
Sabía que los hombres extendían
las manos de mis ojos
mendigando
fraternidad para alejar el miedo
que laceraba pájaros del alma.
Pero yo no podía transfundirles
mi sangre con alondras alistadas.
Sólo estaban, sólo estaba yo
sin idioma de luz comunicante.
Tú lo sabías,
Tú, que te encarnaste
para sembrar palabras en la sangre
y encender en la sangre
los hogares
de luz común y de calor común.
Tú, con una palabra transfundiste
la sangre de los hombres y las cosas.
Tú, en la cátedra cálida de gozo,
revelaste el secreto que hambreaban
los seres y los hombres sin saberlo:
dijiste cuando oréis decid: Abbá,
Padre Nuestro. Papá sencillamente
y comenzó la fiesta de los hijos,
de los hermanos ricos en familia.
Bastaba abrir los ojos y extasiarse
diciendo “gracias” por la hermana nieve;
para besar con lluvia los trigales;
bastaba sonreir, verter miradas
con amor generoso en las entrañas
para notar la paz de tu presencia
el sentido de hijos liberados
en comunicación de sangres nuevas.
Sabíamos hablar
salvando rosas de fiesta en la mirada
y entendían los niños
sin llagas en la sangre.
Éramos niños todos, nos nutría
tu mirada de Alba desde los cielos.