Huyendo de mi voz caigo en la cuenta
del verso del tomillo y de la roca.
Siento que Dios me mira, que me toca
para besar mi entraña macilenta.
Huyendo de mi sombra, me alimenta
esta luz interior que me convoca
asciende por mi sangre hasta mi boca
como rosal que en rosa se revienta.
El silencio de Dios alumbra tanto,
que se hace claridad y confidencia
cuando el hombre descorre sus cerrojos.
Basta quedar cautivo en el encanto
de saber que pregonan su Existencia
las cosas que nos besan en los ojos.