Pero el hogar se enciende con las madres,
recientes como el alma cada día,
derramando su luz sobre la vida.
Y su calor también, porque las madres
son la palabra “amor” que se pronuncia
en la vigilia oculta, en los detalles
de las tres dimensiones de la dicha.
En alas de su voz despierta al hijo,
con beso de sus labios cierra el día:
su presencia o su ausencia le cobija
con el manto seguro de su entrega.
El esposo lo sabe, porque lee
en sus ojos serenos la plegaria
de su cariño fiel eternamente.
Y esta fidelidad la han aprendido
a los pies de la Virgen, ¡cuántas veces,
desde niñas, rezaron en la ermita!
¡Cuántas veces, asidas a su nombre,
serenaron el fuego de su sangre!
¡Cuántas veces pusieron a su plantas
todo el dolor oculto de su vida
como ponía el esposo al grano vivo
esperando la espiga del milagro!
Esta fe sustancial que las esculpe
y que repite “Salves” a sus hijos
entre besos de amor, es el prodigio
que puede redimirnos del gran frío.