Cuando el sudor corona vuestra frente
después de haber sembrado las entrañas
de vuestra tierra madre, yo comprendo
el temblor paternal de vuestras manos
que alzan en alto al hijo de su carne.
Sabéis sudar con esperanza cierta
porque sabéis amar, porque, en el brillo
de todos los sudores, hay latidos
de niños que os esperan sonriendo,
de jóvenes que apoyan el palacio
de su ilusión en la columna firme
del trabajo fecundo que encarnáis.
Es la fe vegetal de vuestros padres,
carboneros de Dios, la que os alienta.
La Virgen del Bustar está velando
vuestro sudor de padres generosos.
Sois el tronco del árbol donde vuelan
ramos de juventud de esperanza.
¡Oh vosotros: sabed que vuestras manos
callosa de la esteva o del volante,
son la oración más noble de esta España
que se levanta a vuestro pulso cierto!