Este niño que véis está rezando.
Parece distraído como el viento,
pero besa los ojos de la Virgen
cada ve que coinciden con sus ojos.
Este niño soy yo, la mejor parte,
al menos, de mi yo, la casta huella
de los dedos de Dios besando al hombre.
No me avergüenzo de llorar en alto
o de mezclar la tierra con el agua
para esculpir palomas de misterio.
Son garabatos mis juegos, tan baratos
con el amor sencillo que los crea.
No os extrañe que vaya hacia la ermita,
como cuando era tierno por la edad,
con flores de niñez en mis alforjas,
con vuestros niños todos en el alma.
Yo sé que, a veces, padecéis la angustia
de ser hombres y no tener juguetes,
más fríos y costosos que los nuestros.
Acaso algún ausente de niñez
sembró la envidia en vuestro orgullo de hombres
diciendo que es antiguo vuestro coche,
y os hundís en delirios por lograr
otro veloz juguete: un coche nuevo.
Pero sufrís, porque el camino verde
que conduce a la ermita os avergüenza
y tenéis que mezclar con vuestra sangre
las lágrimas ocultas del anhelo.
Aprended de nosotros, los que somos
tan sólo niños y a los pies de Ella
rezamos como entonces: “Madre nuestra,
Señora del Bustar, aquí nos tienes,
hijos de la esperanza, hacia el Destino”.