Yo creo en Ti, Señor
desde la sangre que colora mi ser.
Yo sé que existo
porque Tú Sobre- existes y me nutres.
Sé que enciendes la luz,
que pones alas
en la carne del viento;
que manuscribes rosas como versos
de cálida hermosura;
que das latido al llanto de las nubes
para que salven fuentes y praderas.
Yo creo en Ti, Señor, te noto cerca
en la lectura taciturna
que contempla la paz de las estrellas
o en el grillo que entona latitudes
de diminuta creación gozosa.
Parten de Ti los seres,
en Ti crecen
y Te buscan ansiosos sin saberlo
cuando alejas tu tacto de su entraña
y presienten la muerte.
Yo creo en Ti, Señor, que sobreabundas
criaturas de barro y criaturas
de sólo pensamiento y voluntad,
que sobrepasan la frontera opaca
de la materia.
Y creo en Ti, mi Padre,
mi morada,
mi motor encendido y palpitante,
mi perpetuo color siempre reciente
mi montaña de nieve coronada.
Yo creo en Ti, Señor, más que en mí mismo
porque mi ser
con límite, de tiempo
y dimensión de espacio
proclama sobre mí
tu infinitud,
tu inmensidad,
tu ser eterno____ ________
en el asombro del amor origen.
De Ti provengo, Padre, y cuando digo
que creo en Ti soy agradecimiento
en todos los rincones de mi esencia.
Y creo en Ti, Señor, Hijo del Padre
resplandor de su Luz siempre engendrada,
naciendo siempre con filial origen
de infinitud divina.
Creo en tu amor de “kénosis” tan honda
que tomas nuestra carne flagelada
para sentir el llanto que nos mana
y el temblor que gravita en nuestros ojos.
Yo creo en Ti, Señor, Niño en el seno
de la Virgen fecunda.
Tan humano que creces de su sangre,
que aceptas sus caricias y cuidados
y Te nutres del pan y de palabras
de María y de José sencillamente.
Creo en tu gozo al contemplar sus ojos
felices con tus juegos.
Creo en tu dócil misión copiando
manejos de la azuela y del martillo.
Creo en tus pies sembrando los caminos
de huellas encendidas.
Creo y escucho
el ritmo de tu voz en las arterias
del sembrador, del trigo y de la higuera.
Creo en tu Cruz, labrada golpe a golpe
con hacha, de verdad, camino y vida
Me conmueve la paz de tu silencio
escuchando calumnias deicidas.
Me taladra tu amor
y me arrodillo
ante la Cruz, el éxtasis florido
del Amor Infinito que libera.
Me libera de mi, porque me clava
al suelo vertical hacia la altura
y al abrazo de mansa cercanía.
Y resucitó, Amor, y resucitó.
Creyendo en Ti, mi Dios Resucitado,
vencedor de penumbras de sepulcro
y de esta larva que nos amenaza
con tornar a la nada inexistente.
Contigo vida, Luz servidora
camino y vivo y soy perpetuamente.
Contigo subo al cielo
y me sosiego
en la Casa del Padre.
Incrementa, Señor, mi crecimiento
con tu mirada cálida y sencilla.
Que el tiempo y el espacio que me has dado
esté maduro cuando Tú me llames.
que los callos sean perlas de mis manos
y los versos fulgor de mi palabra.
Que me llames “amigo” y sin juzgarme
descanse activamente en tu Amistad.
Creo, Señor, en el perenne Gozo
de Espíritu Santo procediendo
del Padre que te sabe y que te engendra
sabiéndote su verso y que florece
en retorno de Amor que se pronuncia.
Me consuela el Paráclito, me vive
hasta tornarme asombro agradecido
que prorrumpe en latidos adorantes
y en palabras de lumbre que se expande.
Soy Iglesia, me vivo plenamente
en Koinonia de luz y de calor,
hacia el Hogar que habitan mis hermanos.
Y mis gusanos frágiles de tierra:
los pecados, Señor, que me avergüenzan
y taladran el leño de mi vida
se harán hogar también de llama eterna.
(Me yergue la esperanza porque creo)