Toma mi voz, mi pobre voz herida.
Esta sangre de vuelo no volado.
Este sueño que espera lacerado
de tanto ser palabra sumergida.
En este mar de mi anhelante vida
nadie navega, Dios. Nadie ha llegado
a disfrutar el gozo consumado
de tu frescura eterna compartida.
Toma mi mar y ahoga corazones
en sus olas de amor con dimensiones
de eternidad filial y confidente.
Quiero librar al hombre de su peso,
su peso de orfandad. Y darle el beso
que Tú me das a mí perennemente.