Y sé que no estoy solo: alego en mi defensa
millones de fraterna cercanía en los Santos.
Soy COMUNIÓN con Ellos.
Tesoros en el cielo y en la tierra,
tesoros en el valle, donde hierven
las ansias de tenerte poseído
sin niebla ni residuo de pecado.
Estos son mis tesoros, mis poderes:
los hermanos con alas que levantan
mi densa pesantez.
Pero mi asombro crece
cuando palpo el perdón de mis pecados:
Tú perdonas, Señor, Tú haces MILAGROS DE PERDÓN.
Los hombres perdonamos y nos queda la sombra en la mirada.
Tú perdonas y enciendes universos
en el espacio de la luz herida.
En ese espacio de nuestro pecado
que muerde con el hueco de Tu Ausencia.
Pero Tú nos perdonas, nos rebosas con plenitud de Ti.
No cabe miedo cuando Tú perdonas
ni nuestra opacidad atemoriza.
Y espero, tras la muerte, que devora en su polvo,
este calor orgánico del cuerpo.
Espero, digo, mi nueva carne de prodigio
RESUCITADA EN TI, RESUCITADO,
para serte, luciérnaga minúscula,
en las dos dimensiones, espíritu y materia,
brillando para Ti perpetuamente.
Perpetuamente, Amor, perpetuamente viviendo,
contemplando tu Hermosura en visión beatífica:
perpetuamente amando, disfrutando tu Bondad y tu Luz
perpetuamente.
Gracias, AMOR, Amén.
Gracias. Yo creo.
ALELUYA es mi ser,
filial adoración que me realiza
en crecimiento de oblación dichosa.
Gracias, Señor, porque mi ser creyente,
mi pobreza en tus manos,
se siente consumada en tu RIQUEZA.