Encima de las corrientes
que en Babilonia hallaba,
allí me senté llorando,
allí la tierra regaba,
acordándome de ti.
¡Oh Sión!, a quien amaba;
era dulce tu memoria,
y con ella más lloraba.
Dexé los traxes de fiesta,
lo de trabaxo tomaba
y colgé en los verdes sauces
la música que llevaba,
poniéndola en esperanza
de aquello que en ti esperaba.
Allí me hirió el amor,
y el corazón me sacaba.
Díxele que me matase,
pues de tal suerte llagaba;
yo me metía en su fuego
sabiendo que me abrasaba,
disculpando el avecica
que el fuego se acababa;
estábame en mí muriendo,
y en ti sólo respiraba;
en mí por ti me moría,
y por ti resucitaba,
que la memoria de ti
daba vida y la quitaba.
Gozábanse los estraños
entre quien cautivo estaba,
Pregutábanme cantares
de lo que en Sión cantaba:
- Canta de Sión un himno,
veamos cómo sonaba.
- Decid, ¿cómo en tierra ajena,
donde por Sión lloraba,
cantaré yo la alegría
que en Sión se me quedaba?
Echábala en olvido
si en la ajena me gozaba.
Con mi palabra se junte
la lengua con que hablaba,
si de ti yo me olvidase
en la tierra do moraba,
Sión, por los verdes ramos
que Babilonia me daba.
De mí se olvide mi diestra,
que es lo que en ti más amaba,
si de ti no me acordase
en lo que más me gozaba,
y si yo tuviese fiesta
y sin ti la festejaba.
¡Oh hija de Babilonia,
mísera y desventurada!
Bienaventurado era
aquel en quien confiaba,
que te ha de dar el castigo
que de tu mano llevaba
y juntará sus pequeños
y a mí, porque en ti esperaba,
a la piedra que era Cristo
por el cual yo te dexaba.