Monjas del Císter de cogulla blanca
entre salmos de vuelo gregoriano.
Dais al claustro presencia de misterio
y solidez histórica a la piedra.
Compartís como pan, vuestro silencio
para nutrir la paz languidecida.
Nos llevan de la mano vuestros gestos
de mansedumbre intemporal y clara.
Llegamos con el peso de la prisa
lacerante y tenaz. Nos falta tiempo
para dar bienvenida al sol naciente
o devolver sonrisas al arroyo.
“Pasamos” de las flores, que se mueren
sin que nadie perciba su llamada.
Transitamos la vida en superficie
con sus dos dimensiones epidérmicas.
Vosotras nos donáis esa tercera
dimensión de lo alto y de la hondura.
Por eso, a vuestro lado, recobramos
peso y volumen, plenitud consciente.
Advertimos que existen violetas
y pájaros que hablan.
Seguid en vuestra cátedra sencilla
siendo maestras de la luz no usada.
Enseñadnos a ser contemplativos
con ojos nuevos, limpios y despiertos.
¡Oh monjas sembradoras de silencio
y soledad altísima y fecunda!
Hospedad a los pobres caminantes
con las plantas heridas de cansancio,
cuyas huellas estériles no escriben
caminos de esperanza.
Y, gracias por vivir llevando en andas
al hombre sin frontera de minutos.
Gracias por ser anuncio silencioso
de la Vida sin límites ni llanto.
Gracias por completar cada jornada
en gratitud y humildad serena,
poniendo en el regazo de la Virgen
nuestro sueño filial y confidente.
(Monasterio de San Pedro de Cardeña, 2 - Abril - 1986)