No soy digno, Señor, pero acontece en mí la felicidad
cuando pienso en Ti en el silencio.
Me fascinan todos los detalles de tu sublime realidad hablándome.
Me hable tu Verdad, inefable e infinita,
y se me manifiesta con ese “más” que intuyen mis ansias de plenitud.
Estás Vivo intercomunicándote, Trinitariamente, la Vida Única
que eres Tú.
En el silencio me miras con tus ojos humanos, porque Te has hecho hombre.
Me das, en el silencio, la presencia de tu Madre
como acogedora forma de ternura.
Me regalas con la dulce poesía de su Corazón y de sus ojos.
En el silencio, me compenetro con San José
contemplándote en la admiración amorosa del asombro.
Estoy enfermo y me siento curado por Ti, en el silencio.
Soy pecador y me recuperas con tu palabra perdonadora, en el silencio.
Soy mendigo y me enriqueces con sólo dejarme poseer por Ti.
En el silencio resucito de las muertes cotidianas que me sepultan.
En el silencio, Contigo, sobrevuelo las contrariedades que me afligen.
Sé discernir el paisaje de mi vida como desde una montaña alta y pura.
Gracias, Señor: desde tu silencio confidente
adquiero la paz interior y el gozo del Espíritu Santo.
Gracias: a través del silencio contemplativo
me regalas tu Amor nutriente.