Tu Hijo, Madre, se dirige a mí.
Tu Hijo me regala tu Persona.
¿Qué haré Contigo para no hacer daño
a tus ojos dándome cariño?
¿Qué te dirán mis labios desusados
en el oficio de encender poemas?
¿Cabrá tu corazón en el recinto
de mi casa tan pobre y tan oscura?
Acostumbrada estás a la pobreza;
acostumbrada al filo de la noche.
Pero déjame que Te diga - voz del pueblo -:
“Dichosas tus entrañas y tus pechos
que nutrieron al Hijo del Altísimo.
Y más dichosa aún, Virgen oyente
que guarda la Palabra de la Vida”.
Seré tu hijo, sí. Te escucharé.
Iré creciendo bajo tu mirada.
Haré lo que El me diga, como quieres.
Llenaré las tinajas de agua mía
para que El las convierta en vino suyo.
Llévame de la mano, aunque no quiera,
si soy niño rebelde que se escapa.
Pon motivos de amor en los quehaceres
de mi vida corriente que es la tuya.
Eres Madre-nodriza del Altísimo
y eres maternidad nueva y distinta
asumiendo el estilo del Dios-Bueno
que en tu vida se dona y es “Mamá”.
Tu Corazón conserva cuidadoso
la Palabra y la cumple y la disfruta.
Eres “Esclava del Señor” o libre
con libertad libérrima de amor.
A medida que aclaras en tu alma
la misión salvadora de tu Hijo,
Te vas abriendo más a ser la Madre
que ofrece salvación en la ternura.
Intuyes los agobios de tus hijos
en las menudas cosas de la vida.
“No tienen vino” dices, y tu Hijo
altera, para Ti, su tiempo y “hora”.
¿Qué unión de intimidad rinde su juicio?
¿Qué mirada elocuente Le diriges?
Entre el Hijo y los hijos eres Puente
y, como madre, con derecho pides.
Tempranamente traes el paraíso
del Reino de los Cielos a la tierra.
Es tu misión materna nuestro alivio,
nuestro sosiego de hijos desvalidos.
Y el milagro del vino se convierte
en milagro del alma que suscita
la fe de los discípulos en El.
Y tu presencia cálida y orante
atraerá la llama del Espíritu
que hablará a las entrañas de tus hijos
sobre el Hijo adorado de tu alma.
