Me robaste, Señor. Me estás robando.
Me arrebatas el ser cada segundo.
Me doy a Ti con gozo tan profundo,
que apenas noto que me estás clavando.
Porque desde la Cruz estás besando
las huellas de mi paso vagabundo.
Y tu beso ladrón es tan fecundo
que sólo vivo libremente amando.
Ladrón de mi cariño, Jesucristo,
hazme ladrón Contigo. Me revisto
de tus dulces palabras robadoras.
Cambiaremos el frío de las cosas
por rosales con pájaros y rosas
perpetuamente regalando auroras.
