Perdóname, Señor, cuando la escoria
se acumula en mi sangre lacerada.
Perdona tanta sombra pronunciada
en mi larga y oscura prehistoria.
Olvídate, Señor, no hagas memoria
de tanta flor nacida y olvidada
sin oír tu palabra de alborada
para cambiar mi curso de la historia.
Perdóname, Señor, y, a cambio, toma
la tímida esperanza que se asoma
al árbol de mi amor sólo por verte.
Yo también, pecador como Zaqueo,
comparto el corazón y balbuceo
que me basta la dicha de quererte.