¿Por qué sembraste flores en mi huerto
si muere su latido estérilmente?
¿Por qué mi arcilla tímida y caliente
aventura su voz en el desierto?
Me duermo en tu palabra y me despierto
pronunciando tu vida locamente
y se pierde mi voz entre la gente
como la luz caída sobre un muerto.
Me duele el hombre herido por la urgencia
que se deja morir en el asfalto
sin escuchar el verso que le llama.
Tengo que hablar, labrar su indiferencia
y decirle con sangre: Amigo, ¡alto!
basta ya de morir, vive quien ama.
